Os dejo, como prometí, con uno de mis varios proyectos de novela abandonados, este es el único que publiqué en MSN Spaces (de momento el único título que le dí fue "La chica del metro"). Hace ya más de dos años que escribí esto, sed amables en la crítica.
La chica del metroMetro de Madrid, una chica de una belleza extraña se levanta y le da un beso en la boca a un desconocido, lanzándose encima e introduciéndole su lengua hasta lo más profundo de su cuerpo. Hasta lo más profundo. Ese día yo me dirigía a ver a mi novia. Actualmente ella se encuentra en el depósito, donde acudimos con frecuencia para investigar a las víctimas a las que tenemos acceso ya que la policía nos tiene en cuenta lo justo para aprovecharse de nuestros avances y nosotros nos beneficiamos lo que podemos.
Así empezó todo. Hemos de suponer que fue ella quien lo empezó. Se dice que tenía expresión de angustia en la cara, ciertamente no lo sé. Yo quiero creer que su historia es el argumento de un cuento clásico, algo dramático, en el que por alguna especie de maldición le había caído esa 'enfermedad', a su más pronta edad, por un motivo ajeno a ella pero tan cercano que acabó afectándole.
Mas no fue así. Todo el mundo sabe que no. ¿Todo el mundo? No. Sólo mi equipo y yo. ¿Que quiénes somos? Es difícil explicarlo. Si es posible determinar el principio de todo ésto, ése, sin miedo alguno a relatarlo en desorden, sería cuando yo presencié el beso. El beso. De él empecé sintiendo envidia, más tarde embelesamiento, hipnosis tal vez, aún guardamos dudas sobre ese asunto pero es comprensible, aún estamos en los inicios. Los inicios, ¿de qué? Bah, para qué pensar en ello ahora, es inútil ya que soy perfectamente consciente de que, en el estado en que me encuentro, jamás llegaré a ninguna conclusión. Mejor dejarlo y relajarme, ha sido un día duro y estresante y, por si fuera poco, ya llevo algo de whisky bebido; uno, dos, tres, cuatro... he perdido la cuenta. Para poder soportar la situación bebo de mi viejo whisky, ahogo mis frustraciones en mi amigo; él me ha acompañado hasta ahora, me sentiría mal si lo abandonara a estas alturas, no sería justo, ¿verdad?. Definitivamente no, no lo sería. Tampoco soy ningún borracho, aunque últimamente haya abusado un poco debido a las agonías que padece nuestra investigación.
“Me drogo como la vieja mula que, cansada de la vida, se limita a esperar la muerte” dijo alguien una vez.
La enfermedad comienza a extenderse aunque aún no tenga demasiada repercusión social y, por ello, trabajamos en la sombra, cosa que me agrada enormemente ya que simplifica mucho las cosas. Me tranquiliza ver a los niños jugando en los parques y a sus padres hacer su vida normal, ajenos a lo que se avecina: una gran catástrofe si no conseguimos frenar este desastre.
Lo que hasta ahora hemos podido averiguar es que la ‘enfermedad’ consiste en una deformación de la lengua al besar y de esa manera se transmite. Sabemos que muy pocos sobreviven habiendo sido atacados y los pocos que lo han hecho están en celdas en aislamiento de cuarentena bajo constante supervisión policial y nuestra. A partir de ahí todo lo que tenemos son conjeturas e hipótesis que no conducen a nada consistente. Es decir, que sólo sabemos aquello tangible que hemos visto en las sucesivas autopsias de las víctimas. De lo que puedo recordar del día en el metro, de los relatos de otros testigos de ése y otros ataques y de la observación de los infectados que siguen vivos, hemos deducido que cuando tienen el ‘virus’, o lo que sea esta enfermedad, parecen encontrarse en un estado de aletargamiento, algo así como si estuvieran adormecidos por una especie de droga que, creemos, tiene mucho que ver con la hidrocodona (narcótico opioide usado como analgésico) que se ha podido encontrar en todas las disecciones de lengua que se han realizado durante las autopsias; esta sustancia es también, obviamente, la responsable del desmayo inmediato que sufren las víctimas al recibir un ataque de algún infectado.
A pesar de que, aparentemente, hemos conseguido muchos avances en la investigación, aún tenemos que llegar a despejar muchas dudas, principalmente, acerca de en qué consiste químicamente o medicalmente la enfermedad. En mi equipo cuento con un médico especialista en enfermedades infecciosas, el dr. Julián Machado, y con un forense, mi amigo Pedro Castellote. Mis amigos Saúl y Santi también están, más que nada, para realizar trabajo de campo y porque sus novias también han sido infectadas, una sobrevivió, está aislada, y la otra no, está en el depósito. Sara, la novia de Saúl, no responde a lo que le dice su novio durante las pruebas que la hemos hecho, al igual que todos los demás supervivientes; su estado me recuerda particularmente a la chica del metro, a la que la policía sigue sin poder identificar.
De repente, en medio de la gran reflexión y repaso de lo que me ha ocurrido hasta ahora en el último mes, mi móvil suena con su canción habitual, rescatándome de un mar tenebroso en el que mis pensamientos se encuentran sumergidos. Es Santi, que me llama a la hora diaria habitual para comentar juntos la situación y lo mucho que echamos de menos a nuestras respectivas novias; yo, sinceramente, me limito a acompañar sus llantos con asentimientos y con varios “Venga, todo volverá a ser más o menos como antes, no te preocupes”. Y es que yo no estoy tan apenado por la pérdida como él por la suya, ya que el día ‘0’ del metro me disponía a acabar una relación que se había prolongado demasiado en el tiempo. Él, en cambio, amaba con una locura absurda a su novia Isabel. Entretanto, la conversación continúa como siempre:
— Hola, Juan, ¿qué tal?
— Bien, ¿y tú?
— Pues, verás, he vuelto a pensar en el día en que la vi en el depósito y…
— Santi, no pienses en eso ahora —estas palabras se repiten demasiado en mi boca cuando hablo con Santi—.
— Ya, pero no puedo evitar que cuando…
— Santi me llaman, duerme y mañana seguimos hablando, tómate algo para dormir si quieres y mañana hablamos, ¿de acuerdo?
— Está bien, mañana llegaré pronto al despacho ¿vale?
— Bien, adiós.
No es que me llamara nadie, aún estoy en el despacho, no tenemos línea telefónica y si alguien quisiera entrar es más fácil abrir la puerta sin más que llamar al timbre, o al menos eso debe parecerle al policía de turno que viene a hacernos una visita cada día. La verdad es que prefería cortar la llamada ya que en mi estado es muy fácil que dijera algo inapropiado y no tenía ninguna intención de hacer el esfuerzo para animar lo que es imposible animar.
A la mañana siguiente, me desperté con la radio de mi vecina que no oye demasiado bien. Sobre las nueve de la mañana estaban concentrados en seguir una noticia que al principio no me llamó demasiado la atención pero, tras una llamada de Saúl, me empezó a preocupar bastante que la descripción que decían en la radio concordaba demasiado con la que cualquiera en plenas facultades visuales hubiera dado de Santi, pelo corto y despeinado, con unos cuantos kilos de más, ojos pequeños, de estatura baja y con aspecto bonachón (esto último es solo mi opinión). Cuando llegué al lugar sin haberme aseado y prácticamente ni vestido me encontré con un círculo de policías en cuyo centro había un cadáver esparcido por el suelo con Pedro, mi amigo forense, revoloteando alrededor con el rostro desencajado.
Ese día fue el más ajetreado que había soportado en mucho tiempo y la noche no fue menos larga para todos. Estábamos todos en el despacho y cuando digo todos, me refiero a todo el equipo de investigación excepto Santi. Aunque no estábamos muy lejos del centro de Madrid, la calle era tranquila y no solían pasar coches y a esas horas, menos aún. Era una noche que me empeño en describir como ‘blanca’, sí, es de esas noches blancas de Madrid: hay una luz sorprendentemente clara, al mirar al edificio de enfrente lo ves blanco cuando no lo es ni siquiera la luz de las farolas de la calle lo son; eso es lo que conseguía ver desde la estrecha y alta ventana junto a la que estaba unas veces sentado y otras de pié. El silencio infernal en que nos encontrábamos sumergidos sólo era interrumpido por los cambios de posición que hacíamos mientras no parábamos de pensar sobre lo sucedido. Finalmente, al amanecer todos estábamos en un estado de embriaguez, ya sea por las sucesivas botellas de whisky que fuimos agotando o por los pensamientos que nos habían mantenidos despiertos toda la noche, por lo que, tras indicarles que suspendía cualquier actividad del grupo hasta que se enterrara a Santi y se celebrara su funeral, a no ser que hubiera más muertes por la ‘enfermedad’, se relajaron y fumamos durante un tiempo imposible de estimar y bajamos a desayunar algo al bar más cercano. Les pedí un taxi y les dije que yo me quedaría a recoger un poco el despacho. Y sí, me quedé, pero no recogí, me tumbé en el sofá más incómodo que se pueda imaginar y fumé hasta quedarme dormido de manera inconsciente.
Horas después, un ruido ensordecedor me despertó, eran las obras que había cerca del edificio donde estaba el despacho. Me incorporé y vi a Saúl —o la forma indeterminada que en un primer momento identifiqué como Saúl— y cuando conseguí quitarme alguna legaña de los ojos confirmé que era él. Estaba sentado en la silla en la que me sentaba yo habitualmente y me esperaba con un café y un croissant. Él me conocía bien y sabía que aunque fuera por la tarde me gustaba desayunar recién levantado. Me comentó que el café aún estaría caliente y que el croissant es probable que no estuviera en su mejor estado ya que en el bar le pareció que lo tenían desde hacía por lo menos una semana. Engullí ambos con placer, no todos los días te levantas con el desayuno esperándote. Cuando terminé quise saber por qué había venido hasta el despacho, teniendo en cuenta que vive bastante lejos y que les había dicho que no vinieran pero conseguí aguantarme la curiosidad y dejé que las miradas hicieran lo suyo. Me contó que había hablado con Pedro y que llevaba horas ya trabajando con el cuerpo, o más bien los restos desperdigados, de Santi. Comenzó centrándose en corroborar nuestros “es imposible, imposible” en cuanto a si había sido contagiado del dichoso problema que nos ocupaba al equipo. Efectivamente llevábamos razón y la autopsia no debía alargarse más puesto que no quedaba gran cosa por averiguar excepto si murió del golpe o no estaba realmente tan decidido en morir y le dio un infarto durante la caída. Le dije que me parecía bien el resultado de lo analizado pero que ello no explicaba en absoluto la razón de que él estuviera allí. Sopesó considerablemente su respuesta y al fin respondió: “No podía estar solo”. A ésto no se me ocurrió otra cosa para responderle que quizás no quisiera estar conmigo, que mejor solo que mal acompañado. Saúl se rió tímidamente creyendo que se trataba de una broma para intentar animarle pero cuando me miró a la cara y dejó a su mente adentrarse en la negrura absoluta que tenían mis ojos en ese momento, comprendió que no era ninguna broma y que se trataba de algo serio y relacionado con la muerte de Santi; cuando terminé de explicarle la escabrosa conversación con Santi poco tiempo antes de que éste se suicidara no pronunció ni un solo sonido, reflexionó durante unos eternos segundos y al fin movió su mano derecha hasta mi hombro y mirándome de manera extraña y fija a los ojos me dijo: “Tranquilo, no pasa nada, no es culpa tuya, ni de nadie, Santi estaba muy mal, tú no podías hacer nada”. De cualquier otra persona me hubiera esperado esa respuesta pero, ¿del mejor amigo del fallecido? No entiendo esa entereza, aún años después me costará comprenderlo, a pesar de todo.
Más tarde, Saúl y yo fuimos a la funeraria para terminar de repartir los gastos del entierro tras haber gastado el día en no apenarnos demasiado.
El día siguiente fue el entierro de Santi, de luto riguroso y con gafas de sol que en mi caso no eran para ocultar las lágrimas sino para esconder las ojeras y los resacosos ojos que tenía. Los amigos más cercanos fuimos colocados junto a la familia cuyos dos únicos miembros, la madre y la hermanastra, parecían competir por ver quién de las dos dramatizaba más y, aunque ambas sobreactuaran, la madre estaba realmente algo apenada.
Nota:Comentar no os va a matar, ¿eh? Tampoco puntuar, ¡que para eso lo he puesto! (¿acaso alguien lee esto a parte de mi novia?). En fin, termino recomendando otro blog (olvidé recomendarlo en la anterior entrada) de un buen amigo de mi Erasmus que espero que os entretenga tanto como a mí:
Erasmus en Angers, de nuestro querido monsieur Albert Nineaud, ¡disfrutadlo!